Hay un gesto de Trufa que reconozco antes de entenderlo. Va trotando por el campo, tan tranquila, y de golpe baja la cabeza casi hasta rozar la tierra, las orejas le caen a los lados como dos cortinas y arranca en zigzag.
En ese momento ya no estoy paseando a mi perra: estoy sujetando a una teckel que persigue conejos, y lo que yo diga a partir de ahí tiene la autoridad de la radio de un coche aparcado.
Ese gesto me ha costado dos sustos, uno pequeño y uno de los que se quedan. Y es la razón por la que hoy, en un campo que no conozco, Trufa va con correa extensible enganchada al arnés.
La primera vez, la correa ganó por poco
La primera vez iba atada. Arrancó con el morro pegado al suelo siguiendo un rastro que yo no veía, y me arrastró por el camino mientras yo agotaba el repertorio: tranquila, quieta, espera, por favor, que me vas a sacar el hombro.
Ninguna de esas palabras existe en su diccionario cuando está rastreando. Las que entiende a la primera, a cualquier distancia, son «pollito» y «jamón», lo cual retrata bastante bien sus prioridades.
Estábamos en un campo lejos de la ciudad, y unos metros más allá apareció el conejo: gris, salvaje, plantado en mitad del camino. Trufa frenó en seco y se lo quedó mirando con una cara que no tenía nada de tierna. El conejo echó a correr, Trufa se lanzó detrás y la correa aguantó.
Y entonces hizo lo que más me desconcertó: lo dejó estar. Levantó la cabeza, me miró con total neutralidad y seguimos paseando como si allí no hubiera pasado nada, igual que quien pierde un autobús y se pone a esperar el siguiente sin protestar.
Aquella calma me engañó. Pensé que el instinto tenía un interruptor y que ella sabía dónde estaba.
Un conejo blanco en lo alto del campo
La segunda vez no había correa. Era un campo en subida que conocíamos de memoria, con su ritual: la suelto en cuanto pisamos la hierba y la vuelvo a atar justo arriba del todo. Trufa se lo sabe tan bien que abajo espera a que la suelte y arriba se queda quieta, porque sabe que toca la correa. Nunca había pasado nada. Esa frase, «aquí nunca ha pasado nada», la decimos todas justo antes de que pase.
Aquel día, al llegar arriba, apareció un conejo. Blanco. Yo no lo vi en la distancia; ella sí. Antes de que me diera tiempo a sacar la correa, Trufa salió disparada. El conejo tiró por su ruta de escape, que aquella tarde cruzaba una carretera, y Trufa cruzó la carretera detrás de él.
No venía ningún coche. Ningún mérito mío: pura suerte. Al otro lado, el conejo se metió dentro de una casa, y ahí, sin presa a la vista, a Trufa se le desactivó el chip de caza y volvió hacia mí al trote, tan fresca. No me dio un infarto de milagro, y tardé bastantes días en que el pulso me volviera a su sitio.
Por qué «vuelve siempre» no basta con esta raza
Aquel día entendí que la llamada, el «ven» de toda la vida, no es un número para lucirse en el parque.
En un perro seleccionado durante siglos para seguir presas hasta debajo de la tierra, como cuenta la historia del teckel, es lo único que se interpone entre una tarde de campo y una carretera. Y compite en desventaja: cuando sale un conejo, tu voz pasa a ser la segunda opción, y las segundas opciones pierden.
Lo que he aprendido desde entonces es que «ven» tiene que significar siempre algo estupendo, el mejor premio del bolsillo, y que nunca puede convertirse en la señal de que se acabó lo bueno.
Si volver significa irse a casa, el teckel hace las cuentas a toda velocidad y decide que el campo compensa más que tú. Aun con ese trabajo hecho, delante de un conejo no me la juego.
Correa extensible y arnés: el campo con una teckel que persigue conejos
Así que, cuando no sé lo que puede haber, Trufa va con correa extensible enganchada al arnés. Suelta solo va en zonas que conoce y donde ningún conejo puede llevarla hasta una carretera.
La extensible le da metros para rastrear, meterse entre matorrales y hacer aquello para lo que la diseñaron, y a mí me deja la última palabra el día que salga otro conejo. Que saldrá.
Lo del arnés tiene su lógica. Cuando Trufa arranca detrás de algo, el frenazo lo recibe el pecho, que tiene superficie de sobra, y no un cuello largo que se apoya sobre una columna delicada. Cómo elegir uno que no le pise el hombro al caminar está en la guía del arnés para teckel.
El instinto que la llevó al otro lado de aquella carretera sigue intacto en cada paseo, y no espero que desaparezca. Lo que ha cambiado está entre las dos: unos metros de cinta y un mosquetón a la altura del pecho.
La versión de Trufa: El conejo empezó, que conste. Y cuando se metió en una casa, se acabó la partida: no soy una salvaje, sé perder.
Si tu teckel también se va de misiones secundarias en el campo:
– Lo que usamos para pasear a un teckel sin perder el hombro
– Olfato, persecución y testarudez: el carácter del teckel
– La otra cara del instinto: Trufa, protectora del grupo