Saltar al contenido

Adiestramiento

El teckel aprende rápido. Lo que pasa es que decide cuándo lo demuestra. Puede sentarse a la primera en la cocina, delante del jamón, y no haber oído nunca esa palabra en el parque, delante de una paloma. Esto no es testarudez. Es una agenda paralela.

Esta sección va de convivir con esa agenda: entender por qué tu teckel hace lo que hace y qué funciona de verdad para cambiarlo. Sin castigos, sin collares raros y sin la promesa de un perro perfecto en siete días, porque ese perro no existe y menos con estas patas.

Qué encontrarás aquí:

Antes de educar, entiende para qué lo diseñaron

El teckel se seleccionó para trabajar solo, bajo tierra, sin nadie que le diera órdenes. Tenía que decidir por su cuenta y no rendirse nunca. Esa herencia explica la independencia, el olfato que manda sobre el oído y la capacidad de ignorarte con una tranquilidad casi ofensiva. Todo arranca en el carácter del teckel.

Ladridos: no le pasa algo, le pasa todo

Si tu teckel ladra, casi nunca es porque le pase algo. Es porque le pasa todo, y a la vez: el timbre, el vecino, una bolsa que se mueve, el silencio sospechoso. Fue criado para avisar desde dentro de una madriguera, y ese volumen no se lo vas a quitar. Lo que sí se puede es reducir los ladridos innecesarios, y la guía sobre por qué tu teckel ladra mucho explica cómo.

Quedarse solo: cuando el drama es de verdad

Hay teckels que te esperan dormidos en el sofá y otros que pasan las horas llorando junto a la puerta. Lo segundo no es mala educación ni venganza: es ansiedad, y se trabaja con paciencia y en pasos muy pequeños. Lo tienes con detalle en la ansiedad por separación en el teckel.

Lo que funciona con un teckel (y lo que no)

Funciona el refuerzo positivo con premios que de verdad le importen, las sesiones cortas, la consistencia de toda la familia y los juegos de olfato, que cansan más que cualquier paseo. La etóloga Patricia McConnell lo explica en Al otro extremo de la correa: nosotros nos comportamos como primates, con abrazos, palabras y más palabras, y ellos leen el mundo como cánidos, con el cuerpo. Por eso repetir «calla» cada vez más alto suele sonarle a un teckel a que te has unido al coro. No funcionan los gritos, los tirones, los collares eléctricos (el etólogo Pablo Hernández describe en Un perro en el diván perros con quemaduras en el cuello por las descargas) ni repetir la orden diez veces: el teckel aprende rápido que la décima es la que cuenta. Si después de semanas de trabajo hay agresividad, miedo intenso o ansiedad que no mejora, busca una educadora canina en positivo o un veterinario etólogo. Pedir ayuda a tiempo ahorra años de convivencia difícil.

Un teckel bien educado no es un teckel obediente. Es uno que ha decidido que hacerte caso le sale a cuenta.

Fuentes consultadas

McConnell, P. B. Al otro extremo de la correa.
Hernández, P. Un perro en el diván.